Autor/a: barrencuentos
Fecha: 05/03/08
Calificación (Sobre 10): 7.16
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Piernas, ojos y todo
Le cerraron puertas y ventanas, ni un haz de luz natural podía entrar a la habitación. Sólo una ampolleta de cincuenta watts la guiaría por todo su mundo. El chillido de las bisagras de la puerta y del girar de la llave invadieron la habitación, como serpientes de cascabel que se arrastraban por el piso alfombrado, rodeando la cama y el cuerpo deshecho en bata blanca, pasando por las maderas tal guardias que erigían sus cuerpos frente a la sabiduría platónica. Los muros descubiertos no podían más que homogeneidad, pintados blancos al igual que el cielo y el suelo, sin neblina ni oscuridad, la luz de cincuenta watts se reflejaba en el banco, chocaban los blancos y las sombras se habían ido tras la puerta. Sólo un pequeño orificio, la cerradura de la puerta, le permitía a ella ver hacia fuera, hacia la habitación contigua, que, desolada, recibía cada doce horas el ataque destellante de los espíritus, y las siguientes doce horas sólo era mesa y piano. Ni una flor crecería allí dentro, ni una hoja aparecería de la alfombra para enverdecer el blanco aniquilador. La imaginación era luz, la percepción era luz, se oían, olían y tocaba los fotones, se saboreaba la leche tal cual río recorría los muros, y la vista, la vista enceguecida, con solo su propio cuerpo peludo como descanso. Los vellos se contraían y se destruían en calambres por la quietud, era necesario un golpe de viento diario, que al cambio de doce horas, recibían un soplo y ella les permitía bailar un vals en un salón militar, en un matrimonio de un general, ella sólo les ponía la música, giraba la perilla de la radio a “on”. Rompían las olas dentro de su boca, la anguila nadaba y jugaba en las profundidades del océano, se saludaba con otros peces y gritaba cuando sentía dolor, necesario para reconocerse dentro de todo. Se golpeaba una vez cada doce horas, se pellizcaba, se tiraba al suelo, se tiraba el pelo, se mordía los labios y brazos, y luego rompía en un estruendo que solo el blanco detenía, con los brazos estirados hacia delante y las manos abiertas, tal cual empujando un muro. Se escupía y cerraba los ojos para sentirse en el mar otra vez, se tocaba y masturbaba para sentirse excitada otra vez, se golpeaba y discutía, se inventaba historias tristes, para sufrir otra vez, conversaba contra la pared… se consiguió unos crayones con sus amigos de dos dimensiones y los dibujó en la pared, con piernas ojos y todo.