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"Ven muerte tan escondida que no te sienta venir
porque el placer de morir no me torne a dar la vida
"
Miguel de Cervantes
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ROCAS RUGOSAS




ROCAS RUGOSAS

Sobre unas rocas rugosas se sentó. Intentó cuidarse de no sufrir daños en su dolorida espalda. Un hilillo de sangre le caía lentamente desde las rodillas marcando una trayectoria imposible.

Levantó los ojos y miró al cielo perdiéndose en la inmensidad del cosmos.

Sus pantalones cortos de color beige estaban destrozados y manchados de barro y un sustancia densa y oscura; pero a él no le preocupaba su aspecto, parecía haber envejecido cinco años en una sola tarde, sus ojeras daban una sensación macabra en el rostro infantil de quien empieza a conocer la dureza de una realidad no elegida.

Estaba arriba, donde su hermano le había llevado años antes cuando apenas conocía las inmensidades de su vida y estaba allí donde más tarde llevó a sus amigos del colegio descubriéndoles partes del mundo que a ellos todavía se les escapaban. No quedaba nada de sus recuerdos, solamente los que su mente era capaz de remover.

Y mientras miraba el cielo oía las voces lejanas de quienes se disponen a dormir para empezar un nuevo día de trabajo de sudor y campo.

Se levantó rápidamente y miró el pueblo entero desde allí. Las luces se iban apagando, quedándose un pequeño anillo luminoso correspondiente a los nuevos chalets adosados que habían comenzado a construirse en el pueblo tres años antes.

Recordaba también cómo esas malditas casas de gente rica habían eliminado los caminos de arena que llevaban al depósito de agua donde ahora estaba. Ya no existían las bicicletas, habían abierto una tienda de esos rudistas que tanto aparecían ahora en la tele y la gente compraba para sus niños una especie de bicicleta con motor incorporado que tenía la capacidad de frenar cuando notaba que había un elemento peligroso a menos de 20 m. Ya no había emoción porque nunca pasaban cosas interesantes.

Hacía tiempo que sus padres le habían prohibido salir con determinados chicos. Nunca comprendió como ellos sabían el nombre y apellidos de cada uno de los niños en cuestión. Hacía como dos años, cuando ya no tenía ningún problema para leer le colocaron una lista en su cuarto con una enumeración detallada de los chicos a los que tenía que alejar de su lado, especificando en qué curso del colegio se encontraban y dónde vivían. Cada uno de los nombres estaba cuidadosamente referenciado con una foto de tipo carnet que seguramente la habían arrancado del anuario que todos los años se hacía en el pueblo.

Lo mismo había pasado con determinadas tiendas del pueblo a las que había ido toda la vida con su madre. Le habían vetado la tienda de chucherías que estaba al lado del colegio y a la que todos iban cuando se acababan las clases.

Estaba harto de tantas imposiciones absurdas hasta que comenzaron a explicarle la situación. Pero claro, ya era demasiado tarde y no había vuelta atrás. No entendía nada, ni él ni su hermano mayor de 14 años. Mientras su padre les reunía en el salón el bebé lloraba en la cocina. Cuando Tony preguntó si iba a consolarle su madre se levantó del sofa y le gritó que escuchara a su padre.

Miró en dirección a su casa y la luz estaba apagada. Habría un km desde el depósito hasta ella, quizá estarían durmiendo ¿no?

Volvió a sentarse y miró de nuevo el cielo. Y deseó como nunca una estrella fugaz que no aparecía. Se quedó mirando pasivamente hacia arriba agudizando lo más posible el oído intentando escuchar hasta el más mínimo susurro.

Y volvió a recordar los días de verano donde subido a los árboles se escondía del pastor que le gritaba que apareciera. Y en silencio se reía mientras veía a lo lejos, refugiados en cualquier matorral, a sus amigos tapándose la boca con la mano.
Él nunca había sido buen escalador hasta que un día su hermano le miro a los ojos y le dijo: Si quieres puedes.

Habían pasado tres horas y le echaba de menos. ¿Por qué nadie sabía donde estaba?
Hacía un par de días, mientras dormían se había levantado a beber agua, cuando volvió escuchó a Tony hablar en sueños. De pronto comenzó a agitarse, a sudar y a revolver la cama haciendo caer las sábanas húmedas al suelo. Gritó con todas sus fuerzas algo ininteligible y abrió los ojos.

Una pesadilla como tantas que tenía últimamente, así que volvieron a dormirse mientras Tony le susurraba: Cuidate.

Y volvieron las imágenes del último verano. Gracia se marchaba del pueblo con su familia y su perro. Él siempre le había gustado esa chica y había comenzado este año a ponerse mucho más guapa. Su pelo largo le llegaba ya hasta la cintura y cuando se lo recogía para jugar al fútbol siempre le miraba a él sabiendo que la observaba.

Cuando se despidió de todos ellos, todos lloraban, hasta Bruno. Era como cuando se había muerto el abuelo pero mucho más fuerte. Dolía por dentro. Y así el coche se alejó con el rostro más bello dibujado en el cristal trasero.

Y ahora hacía frío y arriba hacía más. Miró de nuevo hacia abajo buscando su casa. Un km y podría estar al lado de la estufa. O ponerse unos pantalones largos y un jersey.

Se dio cuenta de que tenía la piel de gallina y tiritaba.

Volvió a mirar al cielo como esas noches que les dejaban a todos salir a la calle y llegaban cansados a las rocas del depósito. Y la osa mayor y el carro, y ya está. Y las estrellas fugaces y los deseos que no conseguían reproducir mientras duraba la estela.

Este año no habían hecho ninguna cabaña, desde que la última la destrozaran esos niños de los chalets. Pero ahora tenían un lugar secreto en la senda del pastor que ni él conocía. Estaba…

No sabía si debía pensar en ello ahora… Estaba tan oculto que ellos muchas veces se perdían de camino a su lugar.

Estaba cubierto por las ramas frondosas de los árboles y protegido por hierbajos que nunca habían visto y esos a su vez rodeados por un conjunto de rocas aplanadas lo suficientemente altas para llegar a crear un cilindro perfecto de unos 2 metros de altura y 4 de diámetro. Allí conservaban la lata de sardinas y la de mejillones por si algún día tenían que refugiarse y una pequeña caja donde guardaban sus secretos.

Habían prometido ir allí si las cosas se ponían feas pero no podía rodear tanto. El depósito estaba mucho más cerca. Dos horas antes su madre le había gritado mientras buscaban a su hermano al recibir un mensaje de Sori que solo decía Muchas buenas noches. La clave.

Ella iba al lugar y él debía conseguir comunicarse con Jon para seguir la rueda. Pero no pudo. De todas formas la luz de su casa todavía estaba encendida y juraría que era la de su habitación. Siempre le gustaba leer comics hasta tarde para luego contar historias que había soñado. No pasaba nada.

Nunca pasaba nada, ya no.

Ah… Eso escocía… algo le había caído en el ojo mientras miraba el cielo. Se rascó y miró sus dedos. Arena húmeda. Olía a humedad.

Volvió a mirar hacia arriba, ¿qué juego era eso? Dios, seguro que tendría el ojo enrojecido, cómo le molestaba…

Se intentó limpiar con su camiseta sucia y eso hizo que entrara más arena en su ojo, quiso gritar pero aguantó… No era el momento más adecuado para ello, él lo sabía muy bien.



Julián Díaz-Peñalver Arias

Comentarios

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Por BloodAliceCullen el 03/02/10
me encantó
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